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Ciutadans globals (i la Isla del Dr. Moreau. H.G.Wells)

publicat per Gualdi el 03/16/05 a les 18:20 | comments (5) |

Per la mes casual de les casualitats -l’he vist en la Biblioteca tot de passada- ha caigut a les meves mans un llibre que m’ha atrapat mes enllà del que sol ésser habitual “Ciudadanos del mundo”. La sinopsi del mateix és en part:

 “...constituye una exploración, tanto a lo largo de la historia como en sus facetas social, económica, civil, intercultural, de un término que en los últimos años ha pasado a primer plano: el de ciudadanía. Hay una razón que justifica especialmente este interés: la necesidad, en las sociedades postindustriales, de generar entre sus miembros un tipo de identidad en que éstos se reconozcan, superando así el déficit de adhesión que padecen las mismas....” 

M’ha enganxar ràpidament. En quant he vist l’índex: 

Ciudadanía política. Del hombre político al hombre legal.

Ciudadanía social. Del Estado de lbienestar al Estado de justicia.

Ciudadanía económica. La transformación de la economía.

Ciudadanía civil. Universalizar la aristocracia

Ciudadanía Intercultural. Miseria del etnocentrismo.

Educar en la ciudadania. Aprender a construir el mundo junto. 

Ho reconec, en principi el llibre m’ha atret per un concepte molt egoista, reafirmar-me en el “forafronteres” alhora que obtenir arguments de debat per enfortir el meu “credo”. Però tot de seguit he vist “miserias del etnocentrismo”, i m’he dit “és possible que de passada m’ofereixi arguments contra els pixapiles dels nacionalistes?”. I tot mirant-lo mes atentament, he vist “educar en la ciudadania”. ¿Que potser també em vindrà a dir que s’ha de formar en valores morals a les escoles?.

L’he fullejat per sobre, com acostumo a fer amb tots els llibres, d’un capítol a l’altre, endavant i endarrere, no en profunditat, però sí e suficient com per tenir una visió general de que va i que pretén i, la veritat, no només em reafirma en aquests termes sinó en molts altres que feien que em sentis com un xic “bitxo raro”, i tot lligat en un sol llibre i amb un sol objectiu! Doni-me’l. Meu. 

A tall d’exemple m’he permès de transcriure un fragment –la introducció- d’aquesta obra d’Adela Cortina (quien es Rococaba), per a tots aquells que vulguin fruir-ne (Sisco i Pin, es llarg però bo)-. És molt recomanable lectura –no sols per a mi-, encara que reconec que havent vist la película poster té un “plus” de gràcia, ja que dona una perspectiva, per a mi, insospitada. Si algú creu que li pot agradar, doncs que m’ho faci saber.

Introducción.

Del “grotesco teológico” al ”grotesco político” (retorno a la isla del Doctor Moreau)

No caminarás a cuatro patas, ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

No sorberás la bebida, ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

No comerás carne ni pescado, ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

No cazarás a otros Hombres, ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

(H.G. Wells, La Isla del Dr. Moreau, cap. 12)

Hace ya un siglo, en 1896, el novelista inglés Herbert Geroge Wells publicó una de esas obras que inquietan a las gentes sencillas –y no tan sencillas- porque parecen remover los cimientos de la tierra, trastocar el orden sereno de la creación. Prohibida durante algún tiempo, La isla del Dr. Moreau vio más tarde multiplicarse las ediciones en las más diversas lenguas y vino a convertirse en uno de esos clásicos de la literatura que han servido a su vez a los guionistas como fuente de inspiración. Actores tan célebres como Charles Laughton o Burt Lancaster prestaron su imagen al siniestro doctor Moreau, y el no menos célebre Michael York asumió en la versión de 1977 el papel del protagonista, el aterrado Edward Prendick. 

Que una obra pase al “gran público” tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes, sobre todo si utiliza el ingrediente del terror como forma de comunicar un mensaje sobrecogedor, pero no tanto por su forma como por su contenido. Éste es el caso de tres relatos al menos de esa misma época, que suelen recordarse por el temor que en la pantalla infunden sus presuntos monstruos, más que por lo doloroso del mensaje de las novelas originarias: el Frankenstein de Mary Shelley, Las isla del Dr.Moreau de Wells y El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson. Curiosamente, los espectadores suelen clasificar estas películas en el género del terror, causado por esos seres deformes que amenazan constantemente con mostrar a través de la pantalla su repulsiva imagen.

El engendro creado por Frankenstein destruye de forma implacable a los seres queridos del doctor; los “humanimales”, los “salvajes”, del Dr. Moreau inquietan desde un comienzo a Prendick con su físico híbrido de animal y humano y acaban dando muerte a su mismo creador; Mr. Hyde, por su parte, sale del ocultamiento en que su propio nombre le confina, y se va apoderando paulatinamente del cada vez más indefenso Dr. Jekyll., Los monstruos atentan contra sus propios creadores y contra el resto de la humanidad, sembrando el terror. 

Sin embargo, no es éste –como sabemos- el mensaje que quieren transmitir las tres mencionadas obras, sino uno bien distinto: los monstruos no son las criaturas engendradas en clandestinos laboratorios por científicos ebrios de afán investigador, sino esos mismos científicos ciegos e irresponsables, capaces de engendrar seres condenados a la infelicidad con tal de ver satisfecha su insaciable curiosidad.

Los monstruos, los auténticos monstruos por carentes de compasión y de sentido, son Frankenstein, Moreau y Jekyll. Son los creadores, no las criaturas.  

En lo que hace a Wells, él mismo calificó a su obra de “grotesco teológico”, incluyéndola así en un género, no “de terror”, sino de crítica teológica.

Eran los tiempos en que triunfaba el darwinismo y los científicos vislumbraban la posibilidad de colaborar en la transformación de unas especies en otras modificando sus rasgos externos e internos. Una posibilidad que, a su vez, abría todo un ámbito nuevo de reflexión porque, si el hombre era capaz de crear, quedaba también legitimado para interpelar a su propio Creador y preguntarle por qué con la vida no le había dado también la capacidad de ser feliz. (Frankenstein), por qué un lado del ser humano es inevitablemente perverso (El Dr. Jekyll), por qué ha conformado a unos seres con inevitable tendencia a obrar mal, prescribiéndoles a la vez que se comporten bien (El Dr. Moreau). Es el Creador, no las criaturas, quien tiene aquí que dar razón del mal en una nueva teodicea. 

A finales del XIX, en un ambiente impregnado de religiosidad, más o menos profunda, este diálogo acusador de la criatura desdichada con su Creador tiene una innegable grandeza, y produce e las gentes sencillas, y no tan sencillas, la terrible sensación de que se conmueven los cimientos de la tierra. En el caso de Wells, la terrible sensación de que las personas no somos sino animales, dotados de instintos y tendencias animales, a los que un científico enloquecido, un creador irresponsable, se empeña en convertir en otra especie, en especie humana.

Para lograr su objetivo, Moreau trata de modificar los rasgos anatómicos y fisiológicos de un centenar de animales utilizando un doloroso procedimiento de vivisección, que marcará su ingreso en una caricatura de humanidad. Moreau practicará sus experimentos en la “Casa del Dolor”, y el sufrimiento acompañará ya siempre a este amago de seres humanos que, incapaces de transformarse en seres verdaderamente humanos, quedarán en una penosa, intermedia situación entre la bestia y el hombre. 

Con todo, más dolorosa es todavía la segunda clave del proceso por el que las bestias parecen convertirse en humanos: la mentalización. Moreau intenta mentalizar a sus criaturas para que sienta y piensen como seres humanos y, al hacerlo, se percata de que entre el esfuerzo invertido en la transformación física y en la mental existe un abismo. Al hilo de la obra, Moreau revelará a Prendick que transformar la forma externa de los animales, incluso la fisiología, no resulta difícil; lo más complejo, es transformar la estructura mental y, sobre todo, lograr que los “humanimales” lleguen a dominar sus emociones, sus anhelos, sus instintos, su deseo de dañar. Para conseguirlo entran en juego la ley y el castigo

Ciertamente, la mentalización es, desde tiempos remotos, uno de los métodos más efectivos para modificar actitudes, y el procedimiento más utilizado para mentalizar suele componerse de dos sencillos ingredientes: la imposición de una ley y el manejo de un látigo. Quien sea capaz de imponer su ley y de infundir temor, habrá ganado la partida. 

La Ley de Moreau contiene aquellas prescripciones cuyo cumplimiento compone una conducta canónicamente humana, aquellos mandamientos que se deben cumplir para ser humano: no caminar a cuatro patas, no sorber la bebida, no comer carne ni pescado, no cazar a otros hombres. Para asumir esos mandatos como cosa propia, los aspirantes a humanos, deben recitarlos de tanto en tanto bajo la dirección del “Recitador de la Ley”, acompañando el acto litúrgico, no de argumentos, sino de un cadencioso estribillo, que abona por reiterativo la autopersuasión: “¿acaso no somos hombres?”. De donde viene a resultar una cadenciosa salmodia:

No caminarás a cuatro patas, ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

No sorberás la bebida, ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

No comerás carne ni pescado, ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

No cazarás a otros Hombres, ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

Repetido el ritual día tras día, la bestia acaba persuadiéndose de que pertenece ya a la especie de los hombres. Pero cuando la liturgia mentalizadora falla, y el sujeto empieza a dudar de ser hombre y de que, por lo tanto, esa ley sea su propia ley, es el látigo el que suple la falta de argumentación, es la amenaza de tortura –la “Casa del Dolor”- la que “convence” al animal de que es un ser humano, aunque no lo crea. Ley y castigo hacen posible, pues, el paso del animal al hombre- varón, mujer. 

Sin embargo –viene a decir la moraleja de la obra-, tan antigua como la mentalización, hecha de repetición y látigo, es su ineficacia. Aunque la forma externa de los animales cambie un tanto, inteligencia y sentimientos siguen siendo básicamente los mismo. De ahí que la muerte de Moreau suponga para sus “salvajes”, para sus “humanimales”, el regreso a los sentimientos originaros de la especie, la paulatina desaparición de la inteligencia y la razón humanas. Sencillamente, porque entre la presunta “ley de los hombres” creada por Moreau, y el haber intelectual-sintiente de los salvajes torturados no existía ninguna sintonía, ningún humus favorable donde arraigar. Unas pautas de conducta desarraigadas no tienen más perspectiva de futuro que su desaparición en cuanto deja de funcionar el látigo.

Por si poco faltara, una vez muerto moreau (el “creador”), Prendick certifica con toda claridad que esa muerte es definitiva, que no hay esperanza alguna de resurrección. Obviamente, trata de engañar a los salvajes asegurándoles que Moreau  se ha ido por un tiempo, pero regresará, porque teme por su vida. Pero ese engaño consciente es la prueba más contundente de que sabe que no volverá, que el científico creador ha perdido la vida a manos de sus criaturas. 

El final es sin duda la consecuencia lógica de todos estos sucesos. Las bestias van regresando paulatinamente a su estatuto originario, y no queda de su humanización proyectada sino el mal sabor de una dolorosa historia, de una historia grotesca. Éste era, al menos en parte, el mensaje de Wells: que en la evolución de las especies es posible el retroceso, que unas “pautas humanizadoras”, aprendidas a golpe de repetición y de castigo, no tienen más perspectiva que su desaparición a corto, medio o largo plazo.

Bueno sería que las religiones, a las que en principio iba dirigida la crítica, hubieran aprendido la lección, y en vez de escorarse hacia la imposición de la ley, que en modo alguno constituye su esencia, hubieran guardado fidelidad a un mensaje de esperanza, más que de castigo, de ternura, más que de temor.  

Pero también sería bueno que la vida política fuera tomando nota de que las advertencias de Wells también van con ella, porque la cansina repetición de la ley y el castigo no conforman conductas humanizadoras permanentes, no elevan sin más el grado de humanidad de las personas, si los sujetos de la vida humana no comprenden y sienten que la ley, si la hay, viene desde dentro, que es su propia ley.

Esto pretendía Kant en la vida de la moral personal, al asegurar que cada ser humano es un ser autónomo, capaz de darse a sí mismo esas leyes que como humano le especifican y que por eso valen para toda la humanidad. Éste es el mensaje que desean dar las democracias cuando afirman que sus leyes son las que el pueblo quiere darse a sí mismo, sea directamente o a través de sus representantes. Pero ¿es esto verdad? ¿Es esto verdad? 

El mensaje de Wells –conviene recordarlo- sigue valiendo para cuantas leyes, divinas o humanas, pretenden “humanizar” a las personas sin buscar en ellas más elemento de sintonía que la repetición de la ley y la amenaza del castigo, social o legal. Y en este sentido, preciso es reconocer que el grotesco teológico puede acabar convirtiéndose hoy en un “grotesco político”, si seguimos recitando en liturgia cansina la cantinela de los derechos humanos y de la democracia liberal, sin prestarles un apoyo en la inteligencia y los sentimientos de las personas de carne y hueso. La nueva ley, traducción de la de Moreau, diría ahora:

Es preciso respetar los derechos humanos. Ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

Toda persona tiene derecho a la vida. Ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

Toda persona tiene derecho a expresarse libremente. Ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

Es preciso potenciar la democracia. Ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

Repetir hasta la saciedad este discurso, amenazar a los individuos transgresores con la prisión y la vergüenza social, amenazar a los países transgresores con negarles el pan y la sal en el concierto de las naciones, no resuelve mucho las cosas. Al fin y al cabo, es cada individuo quien tiene que estar convencido de que esas leyes son las que él se daría a sí mismo, aunque las haya aprendido en su contexto social. Que como muy bien sabemos, al menos desde Kant, una cosa es el origen de una ley, otra, su razón suficiente, las razones que un ser humano tenga para tenerla por suya 

Aprender leyes y valores a través del proceso de socialización es condición humana básica, dar por buenas las leyes aprendidas es tarea de cada persona, que no las tendrá por tales si no convencen a su razón y a sus sentimiento. Porque, como dijera Aristóteles hace ya veinticuatro siglos –y aunque no lo hubiera dicho-, cada persona es una unión de intelecto y deseo, de razón y sentimiento. Por eso, si esas leyes presuntamente humanizadoras no encuentran una base sólida en la razón sentiente de los seres humanos, la falta de “humanidad” es insuperable.

Buscar el punto de contacto entre las leyes y valores que en las actuales democracias liberales tenemos por humanizadores y la razón sentiente de cada persona, entendida como individuo social, es una amplia tarea de futuro, de la que en este libro sólo queremos tratar una parte: rastrear en qué medida un concepto tan debatido en nuestros días como el de ciudadanía puede representa un cierto punto de unión entre la razón sentiente de cualquier persona y esos valores y normas que tenemos por humanizadores. Precisamente porque pretende sintonizar: con dos de nuestros más profundos sentimientos racionales: el de pertenencia a una comunidad y el de justicia de esa misma comunidad.



Comments:
#1  16 March 2005 - 20:57
 
En dos palabras: im presionante

Gracias por la reseña, Gualdi
User: gindaltonic Contact me View user's mediablog gindaltonic
#2  17 March 2005 - 17:36
 
La guerra dels mons + la illa del Dr. Moreau = La pell freda

En resposta a la molta vegades formulada rèplica lex dixit:

Aprender leyes y valores a través del proceso de socialización es condición humana básica, dar por buenas las leyes aprendidas es tarea de cada persona, que no las tendrá por tales si no convencen a su razón y a sus sentimiento. Porque, como dijera Aristóteles hace ya veinticuatro siglos –y aunque no lo hubiera dicho-, cada persona es una unión de intelecto y deseo, de razón y sentimiento. Por eso, si esas leyes presuntamente humanizadoras no encuentran una base sólida en la razón sentiente de los seres humanos, la falta de “humanidad” es insuperable.

No s'han de fer lleis que no evitin cap mal, o dit d'una altra manera, no s'han de limitar comportaments que no perjudiquin terceres persones.
No a la limitació de llibertats perquè si

I canviant de tema, només per curiositat...
T'ha refermat en les teves conviccions? Has trobat nous arguments irrefutables?

Amb tota la intenció polèmica,

Xavier
User: xin Contact me View user's mediablog xin
#3  18 March 2005 - 11:22
 
RE: Canviant de tema (o no).

El texte en el seu conjunt, si més no, pretén dir, no que les lleis s'agin de fer nonés cuan calgui (quan evitan algún mal), sinó que, s'ha d'educar en la necessitat de les lleis, perque l'individu les asumeixi com a seves. En cas de que no es faci així, quan desapareix el llàtig, això és la selva.

Respecte dels argument, com ja he explicat, només he fullejat el llibre, i a les envistes de la temàtica i de l'ampli abast que tracta. Donçs no, no seria de justicia fer valoracions de frases aïllades sens mes.

Mes endavant, ja t'humiliaré, per el moment tot segueix igual, amb pol.lèmica.
User: Gualdi Contact me View user's mediablog Gualdi
#4  18 March 2005 - 11:44
 
Veig que la meva particular creuada per evitar les valoracions personals no serveix de res. Tan difícil és evitar sortides tipus Crónicas Marcianas on el que importa no és el que es diu sino qui ho diu? Aprenem a valorar els arguments i no els argumentaires.
Encara amb esperança,

el meu jo.
Anonymous
#5  21 March 2005 - 12:37
 
????????????????????????????????????????
User: Gualdi Contact me View user's mediablog Gualdi
Comments: