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Estadístiques del parlemneEl Periodoco. El Mirador. CARLES PASTOR
Dice el tópico que la realidad imita la ficción. Y es una gran verdad. Hace unos 10 años pasaron por televisión una película, que posiblemente no llegó a las salas de cine, que ha resultado premonitoria de lo que está pasando en octubre del 2005 en Ceuta y Melilla. En la cinta, masas de subsaharianos desesperados y hambrientos iniciaban una larga marcha hacia el norte dirigidos por un líder espiritual, lograban cruzar a miles el Estrecho y eran ametrallados en las costas andaluzas por soldados con distintivos de la OTAN que guardaban la frontera sur de Europa.
Si entonces eran decenas de miles, hoy --triste consuelo-- aún son sólo unos miles los que intentan entrar en la fortaleza de la Europa ahíta que mira hacia otro lado mientras los pobres llaman a su puerta. Y si entonces la sangre se vertía en las playas de Cádiz, ahora se muere ante las vallas de Ceuta y Melilla mientras se trabaja para que Marruecos se convierta en un Estado tapón que aleje la frontera los kilómetros necesarios para ocultar a la vista la desesperación y la miseria.
Acabamos de rendir homenaje al general Lázaro Cárdenas, el presidente mexicano que abrió las puertas de su país a miles de republicanos españoles, y aún recordamos con ira el trato que dispensó Francia a quienes huían por la frontera del avance de las tropas franquistas. ¿Que entonces eran refugiados políticos y ahora son emigrantes económicos? ¿Es que la vida y la salud de unos son más importantes que las de otros?
Europa no puede acoger a los millones de desheredados que quieren buscar en ella un futuro mejor, pero los europeos estamos en deuda: lo que está pasando en la frontera sur es el resultado del expolio colonial, de la insolidaridad y el egoísmo. Mientras nuestra agricultura esté protegida por aranceles y subvenciones, nos escandalicemos porque nuestros fabricantes instalan industrias en el norte de África y nos pasemos por el aro el compromiso de aportar el 0,7% del PIB al desarrollo, estamos obligados, como mínimo, a sonrojarnos.
